1998: El año en el que todos fuimos indies

Muchos de vosotros sabéis que soy un súper friki musical, que si hay una cosa en la que gaste más dinero que en cubatas, es en discos. Muchos me habéis encontrado en mil conciertos y festivales, algunos también conocéis mi pasado como pinchadiscos (nunca Dj, que eso requiere un nivel de técnica que de momento no está a mi alcance) que hace que de vez en cuando aparezca como invitado a los platos de alguna sala, festivalillo y verbenas varias. Por esa razón, este verano la organización de un festival me pidió que escribiese algo sobre mi relación con la música para publicarlo en una revista destinada a promocionar el mismo. Pues bien, como no sabía muy bien qué contar, decidí empezar por el principio. Os lo dejo aquí por si os apetece leerlo y si no, tranquilos, que en la siguiente actualización aparcaré la nostalgia y volveré a mis “tontás” de toda la vida…

1998: El año en el que todos fuimos indies

Es la primavera de 1998 a cualquier hora del día, unos tipos con pinta de guiris y unas pintas medio modernas, medio perroaflautadas aparecen en la pantalla de la televisión, están en el escenario de lo que parece una especie de club. Uno de ellos encara el micro y se lanza a cantar tímidamente:“There is a train, it’s leaving today…” de repente, un espectador levanta la mano como pidiendo la palabra, los músicos, muy educados ellos, se detienen para concedérsela y éste les apunta: “El bajo, entra tarde”, ellos flipan un poco y poniendo cara de “vale que tienes razón, pero tampoco tenías que corregirnos así delante de todo el mundo…” vuelven a empezar con resignación la canción desde el principio. Tras esto el nombre del grupo: Undrop, un eslogan: “GeneratioNext Music” y una marca: Pepsi.

Pepsi apadrinaba la música de la próxima generación.

En aquel momento yo tenía 15 años, yo era esa generación “-next”, por lo tanto Pepsi me estaba hablando a mí. Alucinante, Pepsi quería decirme algo. Hasta aquel instante marcas infinitamente más modestas como Tang o La Casera ni siquiera se habían dignado a mirarme, y de repente ni más ni menos que Pepsi me estaba hablando. Así que yo sentí que al menos le debía la deferencia de escuchar qué era lo que me quería contar. Y no sé si fue el hecho abrumador de que una multinacional como Pepsi se molestase en dirigirse a un adolescente de Carballo, o el hecho de que aquella canción “Train” se pusiese tan de moda ese verano y sonase tanto en las radios que yo creo que hasta Georgie Dann se planteó hacer una versión Brit de “El Chiringuito” para poder competir con ella; pero la cuestión es que acabé haciendo caso a lo que me decía la marca del refresco de cola. ¿De qué manera? A aquella campaña la acompañaba un cedé que se podía conseguir o bien juntando nosecuantas anillitas de las latas, o bien yendo a una tienda de discos y comprándolo. Podía arriesgarme a meterme una sobredosis de chiribitas y cafeína en mi cuerpo de adolescente ávido de nuevas sensaciones, pero desde luego no podía esperar hasta arriba de estimulantes los quince o veinte días que tardaría en llegar el disco por correo una vez enviadas las anillitas de marras, así que opté por el plan B y me fui a la tienda de discos. Empezaba el verano, era el día de mi cumple y mi madre no puso pegas para aflojar las casi dos mil pelas que costaba.

Llegué a casa y puse el cedé, como era de esperar, la canción de Undrop abría el disco, por lo que no tuve que escuchar antes ningún otro acorde, y aún tardaría… Según sonaba pulsé el “repeat” y ahí se quedó el tren sonando, dando más vueltas que uno de juguete. Afortunadamente al cabo de dos horas la canción bandera de la próxima generación me empezó a hartar y me puse a escuchar los otros diecinueve cortes y me llevé una gran sorpresa. Aquel disco estaba lleno de “hits”* (aunque yo en aquel momento ni siquiera supiese usar esa palabra). Estaba “Devil come to me” de Dover, cuando creían la dignidad consistía en parecerse a Kurt Cobain y no a Kylie Minogue; estaba “The beatiful people” grabada por Marilyn Manson antes de que lo acusaran de incitar a las masacres en los institutos americanos y “Brimful of Asha” de unos Cornershop que aún no sabían que sin ser remezclados por Fat Boy Slim no volverían a sonar igual. Y también estaba “Diamond Sea” de Sonic Youth y “Smack my bitch up” de The Prodigy. Todos eran temazos, pero lo mejor era que los dictámenes de la“GeneratioNext” no exigían cantar en guiri para ser uno de sus miembros y ahí estaban “Al amanecer” de Los Fresones Rebeldes o “Puto” de Molotov, canciones que aún hoy la mayoría de la gente se sabe de memoria.

Y digo bien, “la mayoría de la gente”, no la mayoría de los poppies o de los indies o de los alternativos, no, la mayoría de la gente, de la gente en general, porque aquel verano, estas canciones estaban de moda y podías escuchar el “Chup chup” de Australian Blonde en cualquier bar, en la radio o en el súper.

Aquel verano de 1998, unos sabiéndolo y otros sin saberlo, todos fuimos indies. Todos tuvimos la oportunidad de saber que había otro camino para nuestros oídos, que en mi caso  no llegaban mucho más allá de la dialéctica Oasis/Blur por la banda de Albión y de Extremoduro y La Movida por la patria. Y aunque para muchos aquello se quedó en una moda más y al cabo de unos meses volvieron por donde habían venido, unos pocos nos quedamos a tirar de la cuerda de esa cosa que afortunadamente no se llamaba “GeneratioNext”, sino POP.

Por eso, aunque decir que eres indie gracias a Pepsi suene más cutre que decir que te hiciste motero después de ver el anuncio de Jack’s, yo tengo que reconocer que el día que cumplí 16 años, empecé a ser indie gracias a Pepsi.

Por cierto, ahora que escribo esto, estoy pensando que con todo lo que le debo a Pepsi, no sé qué huevos hago bebiendo Coca-Cola. Y es más, si somos muchos a los que les ha pasado lo mismo, ya entiendo por qué sus últimas campañas las hacen con Shakira…

*Tracklist del disco Generation Next Pepsi:
01 – Undrop – Train
02 – Los Fresones Rebeldes – Al amanecer
03 – The Killer Barbies – Love killer
04 – Australian Blonde – Chup, chup
05 – Dover – Devil came to me
06 – Undershakers – Stupid girl
07 – Cornershop – Brimful of Asha
08 – Smash Mouth – Walking on the sun
09 – 7 Notas 7 Colores – Buah!
10 – Molotov – Puto
11 – Sexy Sadie – Needle chill (remezcla Big Toxic)
12 – Naked – Mann’s chinese
13 – Marilyn Manson – The beautiful people
14 – White Zombie – More human than human
15 – Prodigy – Smack my bitch up
16 – Najwajean – Mind your head
17 – Strike – I have peace
18 – Sonic Youth – Diamond sea
19 – The Pribata Idaho – That kind of pity
20 – Insanity Wave – Spins round

Los talibanes de la solidaridad

La plaza de Callao en Madrid es posiblemente el mayor centro de captación de colaboradores para ONGs del mundo, vayas a la hora que vayas siempre te asalta alguien con una carpetita dispuesto a cavar con pico y pala en tu lado solidario. Es más difícil no cruzarse con una de estas personas por allí que con un peregrino en la Catedral de Santiago, más difícil incluso que no cruzarse con un chino… ¡en China!

No digo que no hagan un buen trabajo, pero como son miembros trabajadores a sueldo de ONGs se sienten con potestad suficiente como para hacerte responsable de todos los problemas del mundo y llenarte de remordimientos. Sólo hay dos maneras de salir de la plaza de Callao, con los bolsillos vacíos o sintiéndote la peor persona del mundo. Además, no sólo son crueles con los desalmados transeúntes que se niegan a dar un mísero euro a su causa. Son crueles entre ellos porque yo, que soy un tío ingenuo pensé que colaborar con una ONG sería como una especie de salvoconducto para librarte de sus asaltos a tu conciencia. Que pensarían: “Bueno, este ya está con una ONG, vamos a entrarle a los que estén libres…” Como cuando vas a tontear con una tía y te corta diciéndote que tiene novio, que dices: “Bueno, esta ya está con un chico, vamos a entrarle a las que estén libres…”, pero no. Ese no es un argumento válido. Si les dices que has apadrinado a un niño ellos te dicen que lo dejes y que apadrines a uno de los suyos, que no sólo son pobres si no que además están enfermos. Si ayudas a la creación de pozos de agua potable te dicen que la gente a la que ellos ayudan ni siquiera tiene agua contaminada. Que por culpa de gente como tú beben barro en lugar de agua no potable. ¡Compiten entre ellos por dar lástima! ¡Te enseñan fotos de sus niños con cara de pena para que veas que están más tristes que los de la organización del de al lado! Cuando seguro que esos niños, que no tienen ni tres años, los pobres, ni siquiera son conscientes de su miseria y viven felices en su desgracia. Tan cruel me parece eso como no ayudar en absoluto. Son talibanes de la solidaridad.

El otro día me paró una chica que colaboraba con ACNUR y se llamaba Eva, yo le expliqué que colaboraba con UNICEF y que era hombre de una sola ONG. Ella me preguntó que con cuanto dinero colaboraba al mes. Y yo le dije: “Tanto”, y ella exclamó: ¡¡TANTO!!! Y yo, bueno, empecé con 20 euros, cada año me llaman para que suba un poquito la aportación y me he dejado liar hasta llegar a Tanto. Y esto dato la llevó al siguiente argumento: “Ah, pues ahora que sé que aportas Tanto no puedo dejar que te vayas sin que aportes 10€” Y yo: “¡Pero es que si dono Tanto y no Tanto y diez es porque de ahí no puedo pasar! Además, tendré que informarme sobre como funciona vuestra organización antes de comprometerme a darles mi dinero todos los meses, que últimamente se ha visto mucho fraude en el mundo del cooperativismo, déjame que me documente en mi casa y si veo bien las acciones de tu organización, tranquila que paso por aquí cada día y te busco…” Dije buscando un respiro, pero fue imposible. Después de darle vueltas y vueltas al tema y de no ver la manera de escabullirme sin pagar y sin ser mal educado a la vez, me harté y le dije: “Acuéstate conmigo Eva” Ellá se quedó unos segundos perpleja, pero no se atrevió a darme un guantazo y mandarme a tomar por saco, el futuro de África estaba en juego, y respondió contrariada: “¿Cómo?” Y yo: “Que te acuestes conmigo” “¿A qué viene eso?”, dijo ella. Y yo: “Vamos a ver, ¿con cuántos tíos has estado en tu vida? Y ella, flipando: “Con tantos” Y yo: “Pues si según tú, a mi me tiene que dar igual donar Tanto, que Tanto y diez, a ti debería darte igual zumbarte a tantos, que a tantos y yo, aunque no me conozcas, como yo a tu ONG…”

Ahora es cuando me gustaría contar que esta discusión acabó en una bonita historia de amor que me hace feliz aunque diez euros más pobre cada mes, pero no, acabó con un: “¡Eres un gilipollas! ¡No te reviento la cabeza contra la acera porque los de UNICEF vendrían a por mí después, pero te lo mereces!” Y con la conclusión que ya sabía antes de iniciar nuestra discusión: No se puede atravesar Callao sin sentirte un ser despreciable y sin haber perdido pasta…

La digestión

Lo malo de ir a la playa de pequeño con tus padres era cuando después de comer tenías que esperar a hacer la digestión para poder bañarte. Te terminabas tu filete empanado acompañado de tortilla y al cabo de un momento ya estabas preguntando: “¿Puedo bañarme?”, y la respuesta siempre era: “No, cuando hagas la digestión.” Cuando hagas la digestión… ¿Qué respuesta es esa para un niño? ¡No sabe muy bien cuantas horas tiene el día, mucho menos va a saber cuantas dura la digestión! Porque esa es la gran pregunta, ¿cuánto dura la digestión? Para mis padres duraba tres horas, pero para mis abuelos, que iban de enrollados, duraban dos  y media.  Sin embargo para los padres de un colega, que eran un poco hipocondríacos, eran cuatro horazas. Y para los de otro, que tenían poca paciencia y preferían que nos diese un jamacuco y que acabásemos en urgencias a aguantarnos dos horas preguntando histéricos cada dos minutos: “¿Podemos bañarnos ya? ¿Podemos bañarnos ya?”, duraba hora y cuarto, hora y media… Y estas variaciones como comprenderéis volvían loco a unas criaturas para las que todo lo que durase más que un capítulo de David el Gnomo era una eternidad. La digestión tenía la duración que le saliese de las pelotas a quien te llevase a la playa. El tiempo de duración de la digestión era más relativo que el de lo que debe durar un buen polvo según tu novia y según tú…  Eso era absurdo hasta para un niño.  En beneficio de todos los niños del mundo, el tiempo de duración de la digestión debería estar estipulado y ser el mismo para todos los padres. Igual que todos saben que un niño tiene que dormir ocho horas, que sepan también que la digestión dura dos.

Cuando pasan los años y te haces mayor, descubres que hay dos tipos de personas: las que siguen respetando la digestión, y las que no. Yo soy de las que no, y me desesperan bastante las que sí. Cuando estoy con ellas en la playa y me quiero pegar un chapuzón y me dicen que tienen que esperar un poco para hacer la digestión, mi mente se llena de fantasmas del pasado y ya puedo estar en una playa nudista de Cayo Coco que me imagino que en cuanto me meta en el agua aparecerá mi madre en la orilla gritándome: “¡No te metas tan al fondo! ¡Ten cuidado con las rocas!” Por eso siempre intento hacerle ver a este tipo de gente que el concepto de hacer la digestión es un pelín absurdo. Está bien dejar reposar un poco la comida, sí, pero tres horas me parece excesivo. Además, si esperan tres horas por comernos unas gambas y unos calamares en el chiringuito, ¿cuánto esperan si se comen unos callos? Porque a mí no me fastidiéis, una ensalada no se digiere igual que un cocido. Y si por una ensalada esperan dos horas, por el cocido deberían esperar día y medio. Lo mismo algún día me aparecen con unas tablas de tiempos de digestión de cada alimento con tal de seguir haciéndome esperar en la toalla… No sé. Porque además, un corte de digestión no se produce por mojarse, si no por sufrir un cambio brusco de temperatura. Y si bien es cierto que las aguas del Atlántico, no vamos a engañarnos, ayudan mucho a que eso ocurra dada su baja temperatura. También lo es que si el problema fuese mojarse, los percebeiros tendrían que trabajar en ayunas. Y es más, si de repente cayese un chaparrón sobre una playa, los que se hallasen en ella perecerían al instante. Me imagino el titular: “Una inesperada tormenta a la sobremesa provoca cientos de muertos entre los playistas de Benidorm…” Por eso, no sé vosotros, pero yo lo que queda de verano voy a seguir dándome mi bañito de después de comer, aún a riesgo de jugarme la vida.

Colchones de cinco tenedores

Mi colchón empieza a estar un poco gastado, me imagino que dentro de un año o dos tendré que cambiarlo. Así que ayer, en un ratito que tenía libre, me fui a una tienda de colchones. Pero no a una tienda de colchones cualquiera, me fui a una tienda en la que vendiesen los colchones que anuncia Ferrán Adriá.

Llegué allí y le dije al vendedor, —Hola, buenas, venía a pedir cita para su tienda—. El hombre me miró un poco desconcertado y me dijo, —No hace falta que pida usted cita, podemos atenderlo ahora mismo si quiere. —Ah. Es que como he visto en la tele que sus colchones son de Ferrán Adriá pensé que habría una lista de espera de dos años, como en su restaurante… —No, aquí no hay que esperar… —Pues entonces he tenido suerte. Así que, con su permiso, me gustaría probarlos todos. —¿Quiere usted probar todos los colchones de la tienda? —No es que quiera, simplemente pensé que tratándose de Ferrán Adriá lo normal era hacer un menú degustación. Pero si usted me dice que lo habitual no es eso, yo seguiré su consejo encantado. —Pues no, lo habitual no es eso —me aclaró el dependiente un poco tajante y visiblemente descolocado por mi propuesta—, la gente suele venir con una idea de lo que quiere y aquí le asesoramos para ofrecerle la mejor opción dentro de esos parámetros que nos indican. Dígame, ¿Ha pensado en algún tipo de colchón en particular? —Sí. Creo que me gustaría un colchón deconstruído o a lo mejor un sorbete de colchón con emulsión de almohadas, ¿viene en copa? —Es usted my gracioso… —me suelta el vendedor con cara de estarse cagando en mi madre para sus adentros—, pero como se podrá imaginar, aquí preferimos los colchones con formato de toda la vida, —y añadió intentando parecer simpático o más bien disimular su irritación— acostarse en una copa sería un poco incómodo, ¿no le parece? —También es incómodo beberse de penalty un Gin tonic de gelatina de los que hace su cheff y la gente se va hasta la Costa Brava para probarlos. Pero tiene usted razón, —dije tratando de buscar la conciliación­— lo mejor para descansar es que uno quepa en su colchón bien holgado. Eso sí, entiendo que al menos el señor Adriá habrá experimentado con los rellenos y serán de “esencia de somier”, de “esferificación de plumas” o algo así, ¿no? —En realidad básicamente sólo hay tres tipos, de látex, de muelles y viscoelástico  —me dijo el vendedor ya con muy pocas ganas de seguir con los chascarrillos—. —¿Sólo hay tres tipos? —repetí yo, mitad sorprendido, mitad decepcionado—. —Exacto, sólo tres. ­—¿Me está diciendo que en su restaurante el menú tiene treinta platos, y que aquí, en la carta de colchones, sólo ha hecho tres. ¡Si hay menús del día con más variedad! —Pues sí, eso es lo que le estoy diciendo. —contestó el vendedor claramente crispado y ya sin ningún tipo de preocupación por ocultarlo. Y yo que no acababa de dar crédito, insistí, —¿Y encima los tres que hay son los tres de siempre, los mismos que en el Carrefour o en Ikea? —Sí, los mismos tres tipos, de diferente calidad pe… —¿Y le habéis pagado un pastón a Ferrán Adriá para que os haga un colchón de los de toda la vida? —interrumpí yo, que no salía de mi incomprensión— Para eso podíais haber llamado a Arguiñano, que al menos os habría contado un chiste…—. Y el vendedor al que le estaban ofendiendo mis comentarios sobre sus colchones más que si le estuviese faltando al respeto a su madre, me dice, harto, —Oiga, ¿me está usted vacilando? —Empezaron ustedes, diciendo que Ferrán Adriá les había diseñado sus colchones. —Contesté yo, y me fui convencido de que una cosa es que Ferrán Adriá se eche unas siestas del copón después de zamparse los treinta platos del menú de su restaurante y otra que por dormir mucho, sepa hacer colchones.

Contar las calorías

No sé en que momento los publicistas llegaron a la conclusión de que a los que nos sobran unos cuantos kilos, o somos tontos o estamos desesperados. Sólo partiendo de esa base se puede entender que crean que nos vamos a creer sus eslóganes de final de cuento de Disney.

Ejemplos de que nos toman por desesperados hay miles, no hay más que ver los aparatos de gimnasia milagrosos de la teletienda que hacen el ejercicio por ti, cremas reductoras mágicas y mil productos más, todos con la foto y el testimonio de alguien antes y después. Que digo yo, cómo es el proceso de grabación de esos anuncios, cogen a un par de gordos, ¿graban el principio y les dicen: “Dentro de dos años cuando adelgacéis grabamos el final y lanzamos el producto al mercado”? ¿O hay un banco de imágenes de gordos, y puedes llamarlos por teléfono para que si alguno ha perdido peso puedas contratarlo para tu anuncio? Porque lo del photoshop y la gente metiendo barriga lo descarto, no pondría en duda jamás la honestidad de estos productos…

Y en cuanto al ejemplo de que nos toman por gilipollas acabo de ver un anuncio que encaja a la perfección. Es de una marca de margarina, mayonesa y no sé que más y su eslogan es “la vida no está hecha para contar calorías”, que es como si te dijeran “no te prives de nada, gordito, que sabemos que eres feliz comiendo…” y esto, expresado de una manera o de otra no lo veo mal. La cosa empieza a oler a tomadura de pelo cuando ves jalarse un sándwich de tres pisos a una tía de cuarenta kilos con cara de “¡y esto es sólo el aperitivo, para comer he asado dos pollos!” Esa tía se ha tirado dos jornadas en ayunas después de comer ese sándwich, lo sé yo, lo sabe ella y lo sabéis vosotros. Esa tía es modelo. Esa tía se cuida. Esa tía cuenta las calorías. Es más, apunta las que lleva según va pasando el día. Y hace bien, es una decisión suya, pero desde luego no es la imagen de alguien que puede dormir sin remordimientos aunque haya hecho la cena con aceite de girasol. No digo que para que el anuncio fuese creíble tuviesen que poner a una tía de ciento cuarenta kilos, pero una con una mini mini tripita ayudaría. Que lo de la “curva de felicidad” de algún lado vendrá…

Pero además si la vida no está hecha “para contar calorías” tal y cómo dicen, por qué te venden margarina, que te vendan mantequilla directamente con toda su grasaza. Que te digan: “¿Estás harto de sucedáneos extraños que consiguen su sabor a base de aditivos? Pues pasa de la margarina y hártate de mantequilla, ¡el precio es el mismo y podrás experimentar la sensación de empacho de los capones de Villalba!”

Además me molesta que siempre sean tías las que hacen estos anuncios. Cómo si los tíos no comiéramos mayonesa, ni mantequilla, ni cosas de esas. Si hay algo que siempre hay en la nevera de un tío aparte de cerveza, es un bote de Ketchup y otro de mayonesa que hacen de aliño universal, sirve para ensaladas, hamburguesas, tortillas y hasta fruta si está un poco seca. Y ya no digo que salga un tío fondón como yo, que da igual que tenga un plato de lechuga delante que me ves y dices: “Yo no como lo mismo que ese tío ni de coña” Pero es que ni siquiera sale el típico tío cachas, soltando el dichoso eslogan de: “La vida no está hecha para contar calorías…” Que por otra parte dirías al verlo: “No, claro, la vida está hecha para contar abdominales, que no hay más que verte el torso…”

Y es que ves anuncios de productos de alimentación que con tanta ansia de explicarte las pocas calorías que tiene, las muchas vitaminas y lo bajo que es en grasas, se les olvida contarte a qué huevos sabe eso que te están vendiendo. Y digo yo que el sabor, algo también importará… Así que visto lo visto, yo mañana con el café me voy a tomar una de churros, que no los anuncian por la tele, ni tienen una etiqueta con el valor nutricional, pero mi churrero me dice que son los mejores de Madrid. Y aunque Madrid es muy grande, yo lo creo antes a él que a todos los flipados de la teletienda.

Servilleteros y secamanos

De pequeño una de las cosas en las que más insistía mi madre era en que me lavase las manos antes de comer. Que para comer había que tener las manos limpias. Se ve que mi madre no iba mucho de tapas por los bares.  En casi todos los bares hay unos servilleteros con unas mini servilletas engarzadas de un papel que si fuese sólo un poquito más fino ya no sería sólido, sería gaseoso. Por eso odio esas servilletas. En serio. Da igual que sólo hayas comido una loncha de jamón pinchada a un palillo, necesitarás diez servilletas para limpiarte la punta de los dedos. Cada vez que las usas sientes que estás quebrantando el protocolo de Kyoto. ¿Tanto costará poner en la mesa un par de servilletas como dios manda? Si quieren que las cobren como hacen en el Dia por las bolsas, pero puestos a pagar veinte euros por un par de raciones, también pagas cinco céntimos por irte con las manos limpias. En Euskadi cuando te vas a un bar y tomas unos pinchos de la barra, luego, a la hora de cobrarte cuentan los palillos para saber cuántos pinchos te has tomado, si contaran las servilletas tendrías que financiar la cena a doce meses. Para colmo lo que más me molesta es que suele poner “Gracias por su visita”. “Gracias a ti por hacer que me vaya con las manos llenas de aceite”. Porque cuando terminas de comerte los calamares el local te ha dado las gracias doscientas veces por ir. Por cada croqueta que te metes en la boca sientes como se tala un árbol en el Amazonas para que tú intentes limpiarte.

Y lo más frustrante es que si te hartas de pelearte con las servilletas y dices: “A tomar por saco, voy al baño a lavarme las manos que acabo antes…” Cuando llegues al baño tendrás que enfrentarte a algo todavía más desesperante que las servilletas ultrafinas: el secamanos. Si esas servilletas hacen que la parte de la palabra “servi-“ pierda el sentido, porque no sirven para nada; en secamanos, lo de “seca-” se vuelve ironía pura. Con un secamanos no puedes ni apagar una vela. Secarse las manos con un cacharro de esos te lleva dos tardes. Y aunque no te importe dedicar media hora de tu vida a secar tus manos en el baño de un bar, el ruido que hacen hará que pierdas tu paciencia. Los secamanos hacen más ruido que las turbinas de un Boeing. ¡Cómo se puede hacer tanto ruido echando tan poco aire! Que te estás secando y tienes la sensación de que estás molestando a medio edificio y hasta de que has despertado niño del vecino que vive dos calles más abajo. Si el viento fuese proporcionalmente tan ruidoso como los secamanos, la brisa marina nos reventaría los tímpanos.

Si al final lo de que no es bueno comer fritos no va a ser por el colesterol, va a ser por lo difícil que resulta limpiarse las puñeteras manos.

Pechos por copas

El sábado pasado actué en el teatro Ateneo de Valencia, al terminar la función y pensando a donde ir a tomarnos una cerveza, un colega comentó que en la discoteca Pachá sorteaban implantes de pecho. Obviamente yo no quise ir, ya tengo más pecho del que me gustaría, pero el reclamo del local me dejó alucinado. La mente se me llenó de incógnitas ante tan novedoso concurso. ¿Tendrá la ganadora, como suele ser habitual en estos sorteos, enseñar su premio al resto de los concursantes? ¿Se podría escoger el tamaño de los implantes o sorteaban unos de la talla 150 y si los quieres bien y si no los dejas? Me imagino a la ganadora sacrificando su espalda por no renunciar a un premio. Porque no es como cuando te toca una tele, que llegas a la tienda y si lo prefieres la puedes cambiar por una lavadora pagando la diferencia, no te permitían cambiar las prótesis por una liposucción. También pensé, si como premio de consolación regalarían un Wonder Bra a las finalistas. Otra cosa que no me extrañaría es que como los implantes los regala Pachá, lo mismo traen las cerecitas de su logo tatuadas. Y lo que más me inquietaba es qué explicas el domingo en casa cuando te ven levantarte al mediodía toda resacosa y con unos pechos nuevos. Me acuerdo de cuando empezaba a salir, en muchos bares te regalaban camisetas de la bebida que tomases y mi madre se daba cuenta de que me la había pillado gorda cuando veía una docena de camisetas de whisky tiradas en la habitación. Ahora, con este tipo de sorteos, me imagino a una madre tendiendo en el patio de luces un sostén con dos copas como las de dos abetos, y la vecina de enfrente pregunta de quién es semejante prenda, a lo que responde resignada: “La niña, que cada vez que sale de fiesta vuelve a casa con dos tallas más de sujetador…” Aunque lo más importante, es que el sorteo se haga ante notario, porque si se descubre que ha habido tongo, no quiero ver a la pobre ganadora teniendo que devolver el premio. Porque además, ¿quién paga la cirugía reductora?

Y lo bueno del sorteo es que a pesar del premio, también podían participar los chicos y regalar el premio a sus novias o amigas, según la organización. Que esto sí que es meterse en aguas pantanosas, porque si se las regalas a una amiga seguramente tengas lío con tu novia, pero si se las regalas a tu chica puede que no le haga demasiada gracia y te diga algo del tipo: “Podías haber ido a la discoteca de al lado, que sorteaban alargadores de pene…” Y aquí no vale la decisión salomónica de “una para cada una…” Por otra parte, la otra opción, que es guardar el premio hasta que llegue el día de la madre, sería aún más violenta, ¿qué le dirías? Le dirías: “Mamá, cuando era un bebé te vacié las tetas, pero ahora te las vuelvo a llenar. Estamos en paz…” ¡Yo creo que antes de meterme en un berenjenal así pido que me coloquen a mi los implantes!

Finalmente la discoteca fue acusada de denigrar a las mujeres y anuló el sorteo. Y yo no digo que no fuera denigrante, pero lo que no era, es sexista, porque a la semana siguiente iban a organizar un sorteo pensando en nosotros: un implante de labios, ¿que por qué labios? Porque si a tu chica le han tocado unos pechos de la 150 te vendrá bien que tu boca también sea un poquito más grande.


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