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La digestión

Lo malo de ir a la playa de pequeño con tus padres era cuando después de comer tenías que esperar a hacer la digestión para poder bañarte. Te terminabas tu filete empanado acompañado de tortilla y al cabo de un momento ya estabas preguntando: “¿Puedo bañarme?”, y la respuesta siempre era: “No, cuando hagas la digestión.” Cuando hagas la digestión… ¿Qué respuesta es esa para un niño? ¡No sabe muy bien cuantas horas tiene el día, mucho menos va a saber cuantas dura la digestión! Porque esa es la gran pregunta, ¿cuánto dura la digestión? Para mis padres duraba tres horas, pero para mis abuelos, que iban de enrollados, duraban dos  y media.  Sin embargo para los padres de un colega, que eran un poco hipocondríacos, eran cuatro horazas. Y para los de otro, que tenían poca paciencia y preferían que nos diese un jamacuco y que acabásemos en urgencias a aguantarnos dos horas preguntando histéricos cada dos minutos: “¿Podemos bañarnos ya? ¿Podemos bañarnos ya?”, duraba hora y cuarto, hora y media… Y estas variaciones como comprenderéis volvían loco a unas criaturas para las que todo lo que durase más que un capítulo de David el Gnomo era una eternidad. La digestión tenía la duración que le saliese de las pelotas a quien te llevase a la playa. El tiempo de duración de la digestión era más relativo que el de lo que debe durar un buen polvo según tu novia y según tú…  Eso era absurdo hasta para un niño.  En beneficio de todos los niños del mundo, el tiempo de duración de la digestión debería estar estipulado y ser el mismo para todos los padres. Igual que todos saben que un niño tiene que dormir ocho horas, que sepan también que la digestión dura dos.

Cuando pasan los años y te haces mayor, descubres que hay dos tipos de personas: las que siguen respetando la digestión, y las que no. Yo soy de las que no, y me desesperan bastante las que sí. Cuando estoy con ellas en la playa y me quiero pegar un chapuzón y me dicen que tienen que esperar un poco para hacer la digestión, mi mente se llena de fantasmas del pasado y ya puedo estar en una playa nudista de Cayo Coco que me imagino que en cuanto me meta en el agua aparecerá mi madre en la orilla gritándome: “¡No te metas tan al fondo! ¡Ten cuidado con las rocas!” Por eso siempre intento hacerle ver a este tipo de gente que el concepto de hacer la digestión es un pelín absurdo. Está bien dejar reposar un poco la comida, sí, pero tres horas me parece excesivo. Además, si esperan tres horas por comernos unas gambas y unos calamares en el chiringuito, ¿cuánto esperan si se comen unos callos? Porque a mí no me fastidiéis, una ensalada no se digiere igual que un cocido. Y si por una ensalada esperan dos horas, por el cocido deberían esperar día y medio. Lo mismo algún día me aparecen con unas tablas de tiempos de digestión de cada alimento con tal de seguir haciéndome esperar en la toalla… No sé. Porque además, un corte de digestión no se produce por mojarse, si no por sufrir un cambio brusco de temperatura. Y si bien es cierto que las aguas del Atlántico, no vamos a engañarnos, ayudan mucho a que eso ocurra dada su baja temperatura. También lo es que si el problema fuese mojarse, los percebeiros tendrían que trabajar en ayunas. Y es más, si de repente cayese un chaparrón sobre una playa, los que se hallasen en ella perecerían al instante. Me imagino el titular: “Una inesperada tormenta a la sobremesa provoca cientos de muertos entre los playistas de Benidorm…” Por eso, no sé vosotros, pero yo lo que queda de verano voy a seguir dándome mi bañito de después de comer, aún a riesgo de jugarme la vida.


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