
Cuando pienso en el momento en el que a un tío se le ocurrió inventar una máquina de escribir, pienso en como tenía que ser de mala su letra para ponerse a crear semejante cacharro sólo porque no estaba dispuesto a mejorar su caligrafía. Vale que a ninguno nos gustaba hacer de pequeños los cuadernillos de Rubio, pero nadie los odiaba hasta el punto de inventar un sistema alternativo de escritura. Y sí, hay que reconocerlo, el invento escribe con toda claridad, pero un boli cabe en el bolsillo de una camisa. No sé si me explico. Cómoda lo que se dice cómoda no es. A efectos de portabilidad tuvo menos éxito que un yunque de bolsillo. No es que esté en contra del aparato, pero hay cosas del diseño que no me convencen. Por ejemplo, el orden de las teclas, ¿por qué ese orden? ¿Qué fue, un ataque de modestia? El tío dijo: “Ya voy a quedar de listo por haber inventado la máquina de escribir, si encima demuestro que me sé el abecedario poniendo las teclas en orden ya va a parecer que voy de sobrado” O a lo mejor fue justo lo contrario, una venganza, el tío no consiguió aprenderse el orden de las letras en el alfabeto cuando iba al cole y le dijo al profesor: “Usted me suspenderá, pero cuando sea mayor voy a inventar una máquina de escribir y voy a ordenar las letras como me salga de los huevos”. Aunque como casi siempre, la explicación más probable suele ser la más sencilla: Yo supongo que cuando el tío acabó de inventar la máquina de escribir, fue a comprar las teclas, que imagino que vendrán metidas en una bolsita, y como seguramente fuese tarde y estuviera cansado de estar todo el día inventando la dichosa máquina, le dio pereza ordenarlas y las puso al tum-tum según las iba cogiendo de la bolsa. Al final ordenó los números porque ya era demasiado cantoso. Pero lo peor es que no tiene botón de borrar, por encima de desordenarte las teclas si te equivocas tienes que volver a empezar. ¡Es peor que jugar solo a la ruleta rusa! Sabes de antemano que tarde o temprano la acabarás cagando. Y ya lo que no sé a que viene es lo de que haga “¡ping!” cuando el carro llega de un extremo al otro. Yo creo que como en aquella época el mayor referente tecnológico era la locomotora, al inventor le parecía que el invento quedaba soso si no echaba humo o hacía ningún ruido, y dijo: “O busco la manera de que esto esté haciendo ruido a cada rato o le pongo una chimenea y un depósito para el carbón.”
A mi ya me ha tocado vivir en la era informática, y no sé que es peor, porque mi ordenador no hace “ping” y tiene botón de borrar, pero cada vez que escribo algo del tipo “Muy señor mío” tengo que aguantar a un clip que me quiere enseñar a escribir una carta…

Pero volviendo al “piedra, papel, tijera”, lo que más me contrariaba no era el miedo a morir desintegrado con ocho años, era lo absurdo de su planteamiento. Todos lo conocéis: el papel pierde con las tijeras, las tijeras pierden con la piedra y la piedra pierde con el papel. Y para entender esta jerarquía circular basta con hacer los gestos atribuidos a cada elemento. Cuando sacas tijeras y tu adversario saca papel, haces el gesto de cortar el papel con la tijera y todo queda claro. Si sacas piedra puedes simular una pedrada que destroce las tijeras. Puede ser, aunque tendrías que apuntar muy bien para estropearle la punta. Pero si sacas papel, haces el gesto de envolver a la piedra. Y esto si que no entra en mi cabeza, porque, ¿qué pasa? ¿que si te tiran una piedra envuelta en una hoja de papel ya no duele? Yo me imagino las batallas de la Edad Media, ejércitos con catapultas cargando piedras de tres toneladas y amenazando: “O os rendís o soltamos las catapultas” Y los del bando rival: “Lanzad lo que os de la gana, tenemos folios”. Es más, recuerdo estar viendo “Indiana Jones y el Templo Maldito” de pequeño en un cine de verano y en la escena en que Indi trataba de escapar corriendo de aquella roca gigante rodante, gritar: “¡Saca un papel!” Y tomarme todos por loco. Así que ya sabéis, la próxima vez que perdáis al puñetero jueguecito, pedid la revancha con objetos reales, ya veréis como si vuestro oponente os ve con una piedra de dos kilos en la mano, no arranca una hoja de una libreta para defenderse.
Y lo peor de todo es que si lo consigue, nuestra querida kungfuteca se acabará forrando anunciando un champú que fortalece las raíces, meneando su trenza de lado a lado bajo la ducha mientras una voz en off susurra: “Nuevo champú Turbulencias arrastra aviones y no notes los tirones…” Y lo que parecía absurdo habrá tenido sentido. Ya estoy viendo a sus hijos siguiendo sus pasos y a ella contándolo orgullosa: “El bebé tiene cuatro pelos, pero ya arrastra el carricoche y el mayor, la scooter, lo malo es que lo multan por ir sin casco.” Por eso espero que fracase, porque si lo consigue, ya estoy viendo a los de Ryan-Air sustituyendo los vehículos que estacionan los aviones por chinas con trenzas y a ella, para superar el reto, intentando tirar de un petrolero montado sobre unos patines, que al final vamos a tener un disgusto y les va a faltar pelo a los chinos para limpiar el chapapote.


Pero calma, que conscientes de lo exigente de su prohibición, los señores médicos tienen la solución para que no nos volvamos unas personas secas, frías y antisociales que creen que todos los que los rodean quieren contagiarlo de males epidémicos: Medicina gratuita y sin receta, recomiendan el saludo japonés, ya sabéis todos a inclinar la cabeza hacia adelante. Así por lo menos cuando os presenten a una tía aprovecháis y le miráis el escote. Y luego si veis que tal en vez de echaros unos bailes os apuntáis juntos a Kung-Fu. Que lo oriental está de moda. Eso sí, el pescado no os lo comáis crudo no vaya a ser que tenga anisakis. Tan simple como renunciar a tu cultura, tampoco está de más que recéis un ratito hacia la Meca, que para algo estamos en la España plural, laica y tolerante recomendada por 9 de cada 10 pediatras.
Pero a lo que iba, el caso es que hace dos años, Santiago fue la quinta cuidad española con más horas de sol, ni más ni menos que 1.958 horazas de Lorenzo calentando. Y yo veo esto y lo primero que pienso es, ¿quién cuenta todas las horas de sol de cada ciudad de España? Porque tiene que ser un trabajo duro de narices. De entrada, no libras ningún día, que dentro de lo malo, si estuvieses en el Polo Norte, trabajabas seis meses y descansabas otros seis. Pero eso, que no puede ser un trabajo fácil, tienes que trabajar literalmente de sol a sol y eso es complicado, para empezar, ¿para que hora pones el despertador? Cada día a la suya, al final lo más práctico es tener un gallo en la mesilla de noche y que te despierte cuando salga el sol. Eso en un lado de la cama, y en el otro una lechuza, y cuando empiece a cantar te duermes. Y en invierno aún es de noche casi todo el día, pero en verano, como venga un día bueno, no hay quien te salve de currar dieciséis horazas. Además, ¿cómo es el proceso de contar horas de sol? ¿Se cuentan los minutos de sol y luego se suman, o tienen que ser horas exactas? Porque si se nubla a menos cinco te tiene que entrar un cabreo de flipar. Y otra cosa, cuando dicen horas de sol en Santiago, ¿llega con que caliente el sol en el centro o si hace sol en Santiago pero nublado en Conxo* o en San Lázaro* ya no vale?
En fin, ya sé que habrá quien esté pensando que estoy perdiendo el tiempo con todas estas dudas porque la Wikipedia no siempre es fiable, pero ahí viene lo peor, y es que el dato, estaba sacado del INE, ¡del Instituto Nacional de Estadística! Y esa es la clave de todo el misterio, que si los datos son del INE, el encargado de contar las horas de sol debe de ser un funcionario, con lo cual, lo más probable es que se fuese a tomar el café y apuntase las mismas que su compañero de detrás: “Sevilla”.
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